domingo, 17 de diciembre de 2017

¿Valió la pena?

Desde hace ya unos meses un pensamiento sobre los efectos de la Expiación ha venido una y otra vez a mi mente, particularmente los domingos por la mañana, en los que hace ya mucho tiempo y como previa de las reuniones siempre pongo YouTube y escucho música inspiradora.

Este año en Seminario tuve la oportunidad de estudiar en detalle lo vivido por Jesucristo en el periodo que transcurre entre Getsemaní y su muerte en la Cruz.
Sabía bien lo que había sufrido en Getsemaní gracias a sus propias palabras: "...Mi alma está muy triste, hasta la muerte..." (Mateo 26:38) y "...padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar." (D&C 19:18).

De lo que no estaba tan conciente era de lo que tuvo que sufrir luego de Getsemaní, como si lo acontecido en ese lugar no hubiera sido suficiente.
Así, los Evangelios nos enseñan que cuando Jesús fue prendido por los judíos quienes se decían sus amigos lo abandonaron (Mateo 26:56). Luego nos cuenta que fue llevado a juicio ante el Sanedrín y allí, no contentos con acusarlo sin fundamentos, le escupieron en el rostro, le dieron de puñetazos y le abofetearon (Mateo  26:27-28). Con posterioridad, cuando fue llevado ante Pilato, y como si no hubiera sufrido suficiente ya, recibió azotes y nuevamente fue golpeado, escupido y sometido a burla, esta vez por parte de los soldados romanos (Mateo 27:26-30). Ahora, como si no hubiera sufrido ya lo suficiente, clavos traspasaron sus palmas, sus muñecas y sus pies y lo sostuvieron en una cruz hasta su muerte (D&C 6:37).

Y aquí viene el pensamiento que ha venido a mi mente en repetidas ocasiones. Supongamos que sólo una persona, de las millones que han existido, existen o existirán, logra cumplir los requisitos para heredar la vida eterna, que es en definitiva uno de los principales efectos de la Expiación. Supongamos que ese único ser humano seas tú, amable lector, y que te encuentras con tu Salvador y le preguntas: ¿Valió la pena todo lo que sufriste por mí en Getsemaní? ¿Valió la pena que por mi hubieras sido despreciado y escarnecido por los judíos y por los romanos? ¿Valió la pena qué por mí tus amigos te hubieran abandonado y que hoy tengas marcas de clavos en tus manos, muñecas y pies?

¿Y cuál creen que sería su respuesta? Probablemente usaría palabras similares a las que reveló mediante José Smith en D&C 18:10-13. Probablemente te diría: recuerda que el valor de tu alma es grande a la vista de Dios, recuerda que sufrí para que tú pudieras arrepentirte y venir a mí, recuerda cuando grande es mi gozo por que en tu vida mortal decidiste que mi sacrificio y mi sufrimiento por ti valió la pena hasta el punto tal de provocar un cambio en tu vida que te ha traído hoy a mi presencia.

Cuando nos sintamos indignos, cuando sintamos que no valemos la pena, cuando sintamos que no tenemos nada para aportar a éste mundo, recordemos que Jesucristo vino a este mundo sabiendo que no éramos perfectos y conociendo nuestra constante capacidad de cometer errores...Y aún así, vino.

Feliz Navidad y que el 2018 los encuentre aprovechando más y mejor el gran don de la Expiación.

1 comentario:

Zoraida dijo...

Desde hace muchos años he tenido la inquietud de meditar sobre el sufrimiento de Cristo en el período que tu describes, aunque no me hice la pregunta que tú te haces. Muy lindo pensamiento y conclusión, concuerdo en todo.