Soy una persona esencialmente buena. A veces, hasta soy
capaz de hacer desinteresadas buenas obras. Pero tener “caridad”, esa cualidad
que los mormones definimos como el “amor puro de Cristo”, bueno, para eso me
falta, aun, un buen trecho. Sin embargo, muy de vez en cuando, se me presentan
situaciones que me permiten vislumbrar lo que la verdadera caridad puede
producir en mi vida.
Esta noche tomé el ómnibus a casa, luego de un agotador día
de trabajo y estudio, y a las pocas paradas se subió un hombre, de mediana
edad, con evidentes problemas para caminar y comenzó a ofrecer dos lápices por
$ 5.
Codito como soy, no suelo dar moneditas a los pedidores de
moneditas que abundan en el transporte público, pero en esta ocasión, mi mano
rápidamente buscó mi monedero y la dádiva pronto llegó a destino.
Pero lo interesante sucedió después, cuando un cúmulo de
sentimientos llenaron mi corazón, sentimientos que, concluí, hacen a la
caridad.
Lo primero que sentí fue satisfacción por haber realizado
una buena obra. Ese sentimiento de satisfacción inflamó, literalmente, mi
corazón.
Luego sentí compasión por ese pobre hombre, lo que provocó
un nudo en mi garganta, al pensar en el esfuerzo diario que realiza con su
cuerpo maltrecho para subirse ómnibus tras ómnibus, día tras día, hora tras
hora, ofreciendo esos lápices, tratando de complementar lo que sea que percibe
como prestación social, un pobre intento, pero intento al fin, del Estado de
suplir la imposibilidad de este hombre de desarrollar un trabajo normal.

1 comentario:
Interesante reflexión provocada por un sencillo y habitual acontecimiento,que indica que estabas preparada para experimentar ese cúmulo de sentimientos. Y es el principio de la accion para bendecir la vida de otras personas y por reflejo, la propia. Gracias por compartirlo.
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