viernes, 26 de abril de 2013

Descubriendo la verdadera caridad...


Soy una persona esencialmente buena. A veces, hasta soy capaz de hacer desinteresadas buenas obras. Pero tener “caridad”, esa cualidad que los mormones definimos como el “amor puro de Cristo”, bueno, para eso me falta, aun, un buen trecho. Sin embargo, muy de vez en cuando, se me presentan situaciones que me permiten vislumbrar lo que la verdadera caridad puede producir en mi vida.

Esta noche tomé el ómnibus a casa, luego de un agotador día de trabajo y estudio, y a las pocas paradas se subió un hombre, de mediana edad, con evidentes problemas para caminar y comenzó a ofrecer dos lápices por $ 5.

Codito como soy, no suelo dar moneditas a los pedidores de moneditas que abundan en el transporte público, pero en esta ocasión, mi mano rápidamente buscó mi monedero y la dádiva pronto llegó a destino.

Pero lo interesante sucedió después, cuando un cúmulo de sentimientos llenaron mi corazón, sentimientos que, concluí, hacen a la caridad.

Lo primero que sentí fue satisfacción por haber realizado una buena obra. Ese sentimiento de satisfacción inflamó, literalmente, mi corazón.

Luego sentí compasión por ese pobre hombre, lo que provocó un nudo en mi garganta, al pensar en el esfuerzo diario que realiza con su cuerpo maltrecho para subirse ómnibus tras ómnibus, día tras día, hora tras hora, ofreciendo esos lápices, tratando de complementar lo que sea que percibe como prestación social, un pobre intento, pero intento al fin, del Estado de suplir la imposibilidad de este hombre de desarrollar un trabajo normal.

Finalmente, en mis ojos amagaron asomar las lagrimas al continuar reflexionando sobre la situación y sentir agradecimiento. Aunque sé que no estoy exenta de que me suceda una fatalidad, agradezco que, al día de hoy, tengo buena salud, un trabajo prometedor, oportunidades de estudiar y un futuro que promete ser brillante; pero espero que, si un día eso cambia, mi fe en la sabiduría de ese ser superior en el que creo, mi Padre Celestial, me permita elevarme por sobre las circunstancias y seguir adelante, con la valentía con la que ese hombre sigue adelante.        

1 comentario:

Anónimo dijo...

Interesante reflexión provocada por un sencillo y habitual acontecimiento,que indica que estabas preparada para experimentar ese cúmulo de sentimientos. Y es el principio de la accion para bendecir la vida de otras personas y por reflejo, la propia. Gracias por compartirlo.